CUANDO LA VISIÓN SE NUBLA
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Es muy fácil y frecuente encontrarnos con personas habitando perdurablemente en los desiertos del pesimismo y la amargura que éste trae consigo. Usted se podría preguntar ahora si ésta forma de vivir es el resultado  de una  repetida acumulación de tristezas y fracasos, o si más bien es finalmente una determinación personal de vivir así, de elegir este estado para habitar en medio del desaliento y para concebir la vida ante usted mismo y frente a los demás como un acto tibio, considerando a veces osado el sucumbir entre las miserias que siembra el desinterés y la pérdida de la emoción.  

La naturaleza humana concibe dentro de sus tantas opciones, la posibilidad de encontrar motivos diarios para afanar nuestro paso y hasta perder nuestro aliento. Sin embargo, el pesimismo arraigado es una impresionante manera de aprender la habilidad de maltratar la vida casi que con un propósito perfectamente definido: evitar encontrarnos de frente con la felicidad.

El pesimismo se aprende y se prende a los demás. La desesperanza se impregna tan profundamente en la manera de vivir, que intentar desterrarla podría ser fatal para algunas personas, ya que sin ella no sabrían como vivir. La vida en sus múltiples faenas sabe traernos ensueños que para muchos se convierten en tormentas de arena que enturbian la visión positiva y alentadora, y cuando los momentos bellos que también componen la existencia van apareciendo día a día sobre el tablado, éstos se ven insignificantes, pequeñeces que parecieran rutinas fastidiosas, cuando en verdad son los grandes milagros del diario vivir, las grandes obras de Dios puestas a nuestro alcance.

La amargura, hija insufrible del pesimismo, sabe danzar con cada persona que le extienda la invitación. Los pesimistas aprenden a ser la victimas del mundo que les rodea y no pueden resistir que a su lado respire alguien con ideales dignos de grandeza. Menoscabar la vida es un arte que muchos aprenden a costa incluso de las lágrimas de los demás.

Razones para lamentarnos sobran, soledades a veces interminable saben rasguñar el alma y desgarrar la emoción por vivir, caídas llegando casi a la meta serán parte del escenario que a veces la vida trae, pero éstas jamás hacen indigno al ser humano y si al contrario, lo hace decoroso y sabio. Al final, las sombras se irán y la luz del sol volverá a calentar el corazón humano.

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Hasta pronto,